#_2_ la era de las resquebraduras

Vamos a ver…

Cuando comenzamos este proyecto nadie imaginaba que marzo del año 2020 quedaría marcado en la historia. Por entonces, ninguno de nosotros estaba dispuesto a volver a pasar por la crisis del 2010, así que nadie quería escuchar las amenazas del banco mundial sobre una nueva crisis que sobrevolaba sombría sobre nuestras cabezas. Con las guerras localizadas en medio oriente, el hambre y la enfermedad instaladas en el continente africano y las injusticias a la orden del día en toda América, Europa se dividía entre gobiernos más o menos neoliberales y sujetos pasivos, explotados y fragilizados agotando sus energías en sostener un nivel de vida para el cuál se estaban quedando sin capital. En la Europa del Bienestar creada después de la Segunda Guerra Mundial la precarización de la vida y la privatización de los recursos básicos se estaba normalizando gracias a esas pocas manos que comenzaban a ahogarse en su propia riqueza creada en base a la concentración y acaparamiento de la riqueza colectiva. Lejos de acostumbrarse a esta situación, varias zonas del planeta habían retomado antiguas luchas (aplastadas generación tras generación) demandando un orden distinto a partir de cuestiones simples, de cuestiones que siempre han estado en el centro de las demandas sociales: garantizar a todos los ciudadanos de una nación acceso a justicia, trabajo, salud, vivienda, educación y alimentación. Las hogueras y las barricadas volvían a levantarse al este y al oeste del centro histórico europeo y el mundo no paraba de lanzarnos imágenes de revueltas sociales. Eso se venía para los 20′, una década de revueltas sociales mal llamadas terrorismo.

Pero en marzo de este año sucedió lo extraordinario, el anunciado armagedón. El mundo se detuvo ante un virus más pequeño que el diámetro de un cabello humano. Para impedir su rápida propagación muchos gobiernos nos llamaron al confinamiento en nuestras casas con el mismo espíritu con el que se llama a un soldado a defender su patria. La mayoría de los países, sobretodo europeos, asiáticos y americanos utilizaron sus poderes extraordinarios para apoyar esta decisión en un marco legal conocido como “las leyes de excepción”. Concentración de poderes en la figura del gobernante y suspensión casi total de los derechos civiles individuales y colectivos para la preservación de la vida.

Durante la primera semana de confinamiento a mediados de marzo, los cerebros europeos reflexionaron sobre el peligro de la aplicación de normas excepcionales que confieren al poder de turno más poder, al tiempo que priva a los sujetos de sus derechos fundamentales confiriéndoles una condición social “nuda”, como diría Agamben, sin garantías. Sacando a relucir los resultados de un siglo de tecnologías disciplinarias los ciudadanos del mundo fiumos empujados, unos con más violencia que otros, a comportarnos como sujetos obedientes. Y a muchas nos pareció peligroso. Y muchas vislumbramos el futuro que nos espera. Y muchas estuvimos en desacuerdo. Pero a la semana, unas pocas de esas ideas/advertencias/preguntas quedaron flotando perdidas en un mar de temores. Pronto nos dimos cuenta de la monstruosa inversión de lo real que se nos venía encima: después del sangriento siglo XX la desobediencia había perdido algo de su salvaje otredad humanizándose y otra vez recibía un fuerte golpe de credibilidad. Ahora parecía estar justificada la obediencia, y en este caso puntual, parecía que hacerlo era necesario…por nuestra propia subsistencia. ¿Me pregunto si todos los ciudadanos que apoyaron el régimen totalitario de Hitler también pensaron que era lo mejor para su supervivencia?

En algunos de esos textos pudimos leer cómo académicos, filósofos e incluso periodistas recurrieron a Foucault y su teoría del poder y la disciplina para reforzar el análisis sobre la docilidad con que la ciudadanía habíamos aceptado un plan de contingencia inédito en la historia de la humanidad: confinamiento y detención casi total de la actividad social y económica del mundo. Algunos de ellos, los más pesimistas, nos interpelaban preguntándonos si la introyección individual y colectiva de la disciplina era de tal calado que nuestra obediencia nos podría volver a llevar al matadero sin que nuestra capacidad de reacción manifestase la más mínima evolución con respecto a otro momentos similares de la historia, manteniendo intacta nuestra histórica aceptación a ser sometidos y aplastados por una minoría.

Nueve meses antes de marzo 2020, comenzábamos a articular el proyecto H´lice en el que nos preguntábamos si era posible ver en los cuerpos individuales rastros de gestos que nos revelaran interrupciones de la disciplina interiorizada. Poco tiempo después, de lo que se trataba era de averiguar si somos capaces de desobedecernos a nosotros mismos. O más bien, si era posible conocer las razones por las cuales nos cuesta desobedecer en casi todo orden de cosas. Con H´lice queríamos movernos entre la disidencia íntima y la desobediencia civil, focalizándonos sobre todo en los procesos internos por los cuales un sujeto decide obedecer o cooperar con todo aquello que lo somete y obliga.

Y con todo el material obtenido hacer una pieza audiovisual performativa para cubo blanco, cubo negro o site specific.

Con la llegada de la pandemia la cuestión de la obediencia adquirió una importancia renovada. Pero no era tan simple. Yo misma me daba cuenta de lo complicado que habría sido, no solo para mí, que hubiese desobedecido al mandato excepcional del gobierno de turno. Así que ¿en que consiste el binomio obedecer / desobedecer?

La potencia de la actualidad movió nuestras pocas nociones al respecto y comenzamos de nuevo.

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